Dos granadas y un cuchillo
Photo by Oriol Portell on Unsplash
Granadas con un cuchillo

Sonia se levantó satisfecha del confesionario y esbozo una amplia sonrisa. Ocultó su suave cutis blanco bajo un velo negro antes dirigirse hacia la salida de la catedral de Westminster. De todos los templos que había visitado en su vida, ese era el que más le aportaba paz. Observó sus altos techos, sus magníficos arcos y vitrales llenos de colores. En ellas la luz del señor parecía llegar con más fuerza, iluminando el sagrado espacio. No presto atención a los demás feligreses del lugar. La mayoría de ellos sentados y pensantes. Nunca lo hacía, no le gustaba que nadie se percatara de su presencia. No era bueno para el negocio. Hoy en día todo el mundo disponía de cámara y estaba dispuesto a todo por un minuto de gloria. Y siendo quien era, no le convenía nada todo aquello.

Divisó un taxi Bajos sus gafas oscuras. Levanto la mano incluso antes de que este estuviera cerca. Quería asegurarse de que seria suyo. Sí, si querías algo tenias que adelantarte para ser el primero en tomarlo. Reclamarlo y poner tu bandera para dejar claro tu posesión. Eso le había enseñado su madre. Siempre que no le daba importancia a las cosas le decía divertida. “Al ser humano le gusta gozar del trabajo de los otros. Sin pagar nada a cambio. Primero te quitan la comida luego el trabajo”. Eso le había dicho mientras esperaban a coger el almuerzo en la cola del catering. Estaban rodando una anuncio. Ella solo tenia 8 años. No recordaba mucho de ella excepto aquella frase y sus asías de tener lo mejor. Al final había muerto medio arruinada en una habitación cutre de un prostíbulo en Alemania, arrastrada por sus asías de riqueza. El dinero y los príncipes nunca llegaron. Ella había aprendido bien la lección. No iba a dejar que nada de eso le pasara. Se iba a asegurar de que todos esos cabrones pagaran por lo que le había hecho a su maravillosa madre.

Su nuevo apartamento en Regent street era como sé lo había imaginado. Amplio, con techos altos, y valiosos cuadros clásicos en las paredes. Resumiendo tenia una decoración de primera. Para completar su maravilloso tercer marido le había instalado una bañera preciosa en el cuarto de al lado. No entendía la obsesión de los británicos por la ducha. Que había mejor que darse un buen baño mañanero después de una noche desenfrenada de sexo.

Sé quito la ropa la doblo alineado cada costura hasta dejarla como si estuviera expuesta en una tienda. — perfecto, ¿querido, no te parece perfecto ? — dijo mirando hacia el tocador donde había una caja china laqueada en negro, con almendros en flor blancos.

Nadie le repondio.

—Vamos querido, no hay que ponerse así, después de todo me regalaste tu esta preciosa bañera. Que pena que a ti no te guste sumergirte en ella conmigo. Tal vez más tarde cuando tengamos los billetes para Monago. ¿Ya te he dicho que nos alojaremos en la casa de Amed? No seas celoso es solo un amigo. Pronto nos hará compañía.

El sonido del tráfico invadió la estancia. La mujer salio de la bañera y se enfundó un precioso albornoz con forma de Kimono. Que se adaptó a su figura como un guante.

—Siento dejaros solos queridos. Pero el destino nos llama. Juan y yo nos vamos de viaje. Pero no os preocupéis pronto tendréis un nuevo compañero —dijo a la fila de cinco cabezas expuestas en sendas cajas chinas cuyas puertas estaban abiertas. —No os pongáis celosos y ayudarme a elegir el vestido. Tengo que estar increíble. Después de todo. No todos los días se cena con un jeque árabe. ¿ Que os parece?, ¿ rubia o morena?, ¿quizás pelirroja?, Será mejor rubia, aún me dura el tinte del pubis. Sí, rubia a esos moros, les gustan las mujeres cuando más europeas parezcan mejor. Son como los asiáticos. Uno siempre quiere lo que no tiene — se respondió así misma.

Después dio un beso a cada una de las cabezas y depositó la que había sobre el tocador en el mismo estante y cerro las puertas. Ocultado a sus amantes tras una pared falsa con un colgador lleno de ropa. A simple visa nunca nadie hubiese podio imaginar el horror que había detrás de aquellos vestidos y trajes lujosos.

Mónaco era una ciudad pequeña bulliciosa y preciosa. El casino y el palacio de los príncipes era la atracción de la ciudad. Complementada con su mar azul lleno de yates millonarios y coches que quitaban el himpo. Lo que convertía al pequeño principado en una postal de lujo.

Atravesó las calles de la ciudad en un precioso maserati que su nuevo amante le había mandado a para que le llevara a su recién estrenado palacete. Situado en uno de los acantilados de La Turbie , lugar desde donde podía contemplar, no solo la preciosa playa de aguas azules, también parte del esplendor de Mónaco.

Nada más dejar las maletas sé acercó a la casa de su vecina. La conocía de su estancia en Paris. Justo el año en el que conoció a su tercer marido Erik parker Robers. Décimo en la sucesión al trono de Liechtenstein. El cual, ahora formaba parte de su vida y de su corazón eternamente.

—Hola Kathering —dijo Sonia abriendo los brazos y sonriente.

—Hola preciosa, me alegro de que estes aquí. ¿ que tal esta tu príncipe? — pregunto Kathering dejándola pasar para llevarla hacia un amplio recibidor.

—Me encanta tu casa, creo que es aún mejor que la mía. Si es que hay una mejor. —dijo Sonia quiñando el ojo a su amiga que sonrió divertida.

—Por cierto tengo tu paquete. ¡No le he abierto. Pero me imagino lo que es! — exclamo la amiga picarona, —esos árabes parecen unos recatados, pero en el fondo son unos viciosos de primera. Yo estuve con uno que le gustaban los tildó de culo más que un tonto un caramelo. Así que entiendo que hayas tirado la casa por la ventana. Mejor dicho atracado un sexshop.

—Uf, que alivio. Pensaba que me había pasado. La verdad el hombre parecía algo reprimido. Pero yo creo que la religión no les quitado las ganas de menearla. Creo que al contrario. Deben ser de estos que cuando se desmadran lo hacen de verdad. O eso espero — dijo fingiendo preocupación.

—Que va. Veras esta noche. Ya me contaras. Por cierto me gustaría ver esos juguetitos. ¿ que te parece si me das uno para esta noche. Antoine esta de viaje, y sabes … —dijo Kathering

—Me gustaría pero, los necesito todos para esta noche. Sin embargo, tengo algo para ti. Saco una caja con un lazo rosa. Tras el plástico se podía ver un pene negro de aspecto muy realista.

—Madre mía es como si se lo hubieses cortado. ¡Me encanta! ¡Antoine lo vamos a pasar en grande esta noche! — exclamo su amiga abrazando la caja y pasándose la lengua por labios.

Unos minutos más tarde Sonia salia de la mansión de kathering Lavoisier con la cabeza Juan. Su primer marido y victima. Era la razón por la que todo había comenzado. Era el culpable de haberla convertido en lo que era ahora. Era su razón para rezar, amar y matar.

Pronto el jeque se uniría a él. No era nada personal. Solo estaba conservando aquello que era suyo para que nadie se lo disputara. Juan le había quitado mucho y ahora solo estaba recuperando lo perdido. Pero cada vez se sentía más insatisfecha e irascible. Necesitaba matar con más frecuencia. Aunque de momento, eso no le preocupaba. Tenia una cena que preparar, una cama que adornar y un confesionario al que arrodillarse. Solo faltaba su invitado y prometido que estaba al caer. Todas las invitaciones estaban reservadas para la boda árabe. Aunque sin que nadie lo supiera, ya se habían casado por lo civil en Francia sin testigos. Bueno mejor dicho con unos testigos contratados por ella. Con cariño, había convencido al hombre de que era mejor hacerlo de esa forma, sin que su familia se enterara. Después de todo ella era una occidental y cristina. Era mejor que pasará un tiempo con sus padres para que vieran que iba con buenas intenciones y se olvidaran de su procedencia. En cuanto la conocieran de cerca y se dieran cuenta de lo mucho que ella le amaba. El matrimonio de su hijo con una europea cristina sería más fácil de digerir para ellos. Le había comentado sentada encima del, mientras le llenaba de besos en un lujoso hotel a las orillas de Sena. Al día siguiente compraron unos billetes para viajar a Dubai, a principios de septiembre. Para eso faltaban tres meses, la primavera todavía no había comenzado y aún podía notar el aire frío en su rostro.

Ella sabia que para entonces el hombre formaría parte de su colección de graneos. Miro divertida la cabeza morena que le miraba desde la caja con una sonrisa en los labios. Siempre se aseguraba de que murieran sonriendo. —”Y que había mejor que morir después de un placentero orgasmo” — se dijo así misma antes de dar un sorbo a la copa champan.

—Querido, no te lo tomes a mal. Sonríe un poco. Sabes que de todos ellos tu eras el mejor amante y al que he querido más. Eres el amor de mi vida. Pero una mujer tiene sus necesidades — dijo esto levantándose y dándole un efusivo beso a la cabeza para dirigirse con ella a la cama.

Aquella noche sería la última que dormiría con Juan. Pronto tendría un nuevo querido. Amed, su jeque. Con el que saciaría su cuerpo hasta que llegara la hora de que pasará a forma parte de su colección de amantes eternos.

A menudo pensaba en como seria conservarlos vivos a su lado. Pero el amor nunca duraba. Tarde o temprano perderían en interés por ella o le harían un gesto de desprecio. Aveces cuando eso pasaba deseaba darles una oportunidad. Pero los hombres no son como los perros. Ellos no reconocen el bien que les haces. Siempre quieren más. Sin embargo nunca dan nada que sea importante para ellos. Y cuando se cansan te ti, te tiran la basura como si fueras un vestido viejo que ha perdido el color. — Mi querido jeque. Tu también debes morir. Pero hasta que llegue ese momento disfrutaremos de Mónaco — dijo esbozando una sonrisa y sirviéndose otra copa de champán

Buenos días espero que os guste el relato. No olvidéis dejar comentarios. Un abrazo os espero con mí próximo relato. Los muertos hacen lo que pueden. Una historia de amor, perdida y traición.

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